La nota al pie tiene mala fama, y casi toda se la merece. Es donde los académicos esconden los argumentos que temen defender abiertamente, donde los abogados entierran la cláusula que acabará siendo importante, donde cierto tipo de novelista va a lucirse a costa del lector.1 Cuando la gente dice que odia las notas al pie, por lo general quiere decir que odia tener que mirar al final de la página y descubrir que la conversación de verdad había estado ocurriendo allí todo el tiempo.
Aun así, quiero defender la nota al pie, porque creo que su mala fama se debe a un mal uso, y que usarla bien es uno de los pequeños placeres de la lectura.
Dos voces
Una buena nota al pie es una segunda voz. El texto principal habla al ritmo del argumento; la nota se pone a su lado y dice algo para lo que el argumento no tiene tiempo. Una fuente. Una duda. Una broma que rompería el párrafo si se contara dentro de él. El lector puede escucharla o no. Esa elección es lo esencial: la nota al pie es la única parte de la página que pide permiso.
Por eso pongo mis propias notas junto al texto, en vez de debajo. En una pantalla ancha aparecen en el margen, al lado de la línea a la que corresponden, de modo que la segunda voz se oye al mismo tiempo que la primera.2 En un teléfono, donde no hay margen, vuelven al final, como las notas de un libro de bolsillo. En cualquier caso, el texto principal nunca se detiene a esperarlas.
Una regla para las notas
Sigo una regla que solo rompo a propósito: una nota puede aportar, pero no puede salvar. Si una frase necesita su nota al pie para tener sentido, la frase está mal y la nota es una venda. La prueba consiste en leer el ensayo sin ninguna de sus notas. Si se sostiene, las notas son un regalo. Si se viene abajo, eran andamiaje, y el andamiaje debe retirarse antes de que alguien se instale.
Leída así, una nota al pie es un acto de confianza. Le dice al lector: aquí hay algo que me pareció interesante, y creo que decidirás por tu cuenta si a ti también te lo parece.
Notas
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No voy a dar nombres. Ya conocen ese tipo de libro. Las notas tienen notas.
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Las notas marginales son antiguas. Los escribas medievales y sus lectores llenaban los márgenes de los manuscritos de correcciones, comentarios y, de vez en cuando, quejas por el frío.
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