Tidetable

EnsayosN.º 9

La bola que cae a la una

Desde 1833, una bola roja cae por un mástil en Greenwich a la una en punto. Es la manera más lenta que se haya inventado de dar la hora, y también la más honesta.

Por Ilse Marrow9 minutos2,073 palabras

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Cada tarde, a las cinco para la una, una bola roja sube hasta la mitad de un mástil en el techo de Flamsteed House, en Greenwich, y se detiene. A las dos para la una, sube hasta arriba. En punto a la una, cae.11Los horarios son los que el Observatorio Real da a sus visitantes. La bola horaria funciona con el tiempo medio de Greenwich en invierno y con el horario de verano británico en verano; así que en verano cae al mediodía según el sol, más o menos. Ese es todo el espectáculo, y se repite desde 1833.

El jueves que fui a verla, éramos unas cuarenta personas en el patio de abajo; la mayoría sosteníamos los teléfonos en alto para filmar una bola haciendo lo que hacen las bolas.

Había ido a ver un reloj sin esfera. Una bola horaria da la hora una vez al día a cualquiera que pueda verla, y lo hace en silencio. No hace tic tac, no da campanadas, no tiene manecillas. Durante cinco minutos se prepara y, luego, por menos de un segundo, te dice algo preciso.22Mira la parte superior del mástil, no la de abajo. Para cuando cae la bola, el momento que anunciaba ya pasó. Se construyó para quienes necesitaban ese segundo más que cualquier otra cosa que el reloj pudiera haberles dicho.

Un reloj para barcos

Las personas para quienes se construyó estaban en el río. En la década de 1830, el Támesis, a la altura de Greenwich, estaba lleno de barcos a punto de partir por meses en alta mar, y cada uno llevaba un cronómetro: un reloj pesado, con resortes cuidadosamente ajustados, dentro de una caja con suspensión cardánica, puesto a la hora de Greenwich y mantenido en hora, con la mayor precisión posible, durante todo el viaje.

La razón es la longitud. Un navegante puede determinar el mediodía local por el sol, el momento en que está más alto, esté donde esté el barco. Si el cronómetro indica que el mediodía local llegó a las dos y cuarto en Greenwich, el barco está a dos horas y cuarto de rotación terrestre hacia el oeste; como la Tierra gira quince grados por hora, eso equivale a treinta y tres grados y tres cuartos al oeste de Greenwich. Cada diferencia de cuatro minutos corresponde a un grado. El método es sencillo. Todo depende del reloj.

Así que el reloj tiene que estar bien, o al menos atrasarse o adelantarse de una manera conocida.33Un navegante nunca ponía el cronómetro en hora de nuevo. Anotaba cuánto se adelantaba o atrasaba (su error) y cuánto cambiaba eso cada día (su marcha), y aplicaba ambas cosas en sus cálculos. Abrir la caja para mover las manecillas habría hecho más daño que cualquier desajuste. Un segundo de error en el cronómetro equivale a quince segundos de arco en la posición, lo que en el ecuador representa alrededor de un cuarto de milla náutica.44La Tierra gira 360 grados en 24 horas, lo que equivale a 15 segundos de arco por cada segundo de tiempo. Un minuto de arco de latitud es una milla náutica, así que 15 segundos de arco equivalen a un cuarto de milla. Lejos del ecuador, las líneas de longitud se acercan entre sí y el error se reduce con ellas. Un reloj que se desajusta unos segundos al día, al cabo de un mes habrá desplazado silenciosamente el barco varias millas, y esas millas pueden marcar la diferencia entre la entrada de un puerto y las rocas que hay junto a ella.

Antes de la bola, un capitán que quisiera comprobar su cronómetro con la hora de Greenwich tenía que llevarlo a tierra, o enviar a un oficial con un reloj de bolsillo para compararlo con los relojes del observatorio y volver remando con el resultado. Ninguna de las dos opciones es buena para un instrumento delicado. La bola horaria invirtió el problema: en vez de llevar los relojes hasta la hora, enviaba la hora hasta los relojes, sobre aguas abiertas y a la velocidad de la luz.

La idea se le ocurrió a un oficial de la Marina, Robert Wauchope, quien instaló la primera bola en Portsmouth en 1829. Cuatro años después, el Astrónomo Real, John Pond, instaló la de Greenwich en el techo de Flamsteed House, el edificio más antiguo del observatorio; con algunas interrupciones por tormentas y reparaciones, desde entonces ha caído sin cesar.

Por qué a la una y no al mediodía

El mediodía parecería la hora más obvia. Es la hora que miden los astrónomos, la que marca el propio sol. Precisamente por eso no la eligieron. Al mediodía, los astrónomos de Greenwich estaban ocupados con sus instrumentos, midiendo el tiempo que tardaba el sol en cruzar el meridiano, y no había nadie disponible para accionar la bola. La una les daba una hora para terminar, revisar el reloj y subir al techo.

La hora inusual se quedó. Las bolas horarias de otros puertos siguieron el ejemplo de Greenwich y caían a la una, mientras que las de Estados Unidos, empezando por el Observatorio Naval de Washington en 1845, caían por lo general al mediodía.55La bola de Washington caía al mediodía, hora local, desde 1845. Los barcos en los puertos estadounidenses tenían el mismo problema que los del Támesis; simplemente lo resolvieron con otra hora para almorzar. A nadie apurado se le ocurriría diseñar una señal horaria pública en torno a la hora del almuerzo de un pequeño grupo de empleados. Pero eso era la señal: no una abstracción enviada desde el cielo, sino una promesa hecha por personas concretas que estarían en lo alto de un edificio en un momento determinado.

Me gusta más la advertencia de cinco minutos que la caída misma. A las cinco para la una, la bola sube hasta la mitad, y esa es la instrucción: deja lo que estés haciendo, busca el mástil, ten el cronómetro abierto y el lápiz listo. A las dos para la una, sube hasta arriba, y la observas. La señal no es el momento en que la bola llega abajo, sino el momento en que empieza a moverse. Quien aparte la mirada a la una y vuelva a mirar después se la habrá perdido, y no habrá otra oportunidad hasta mañana.

El cañón y la bola

Algunas ciudades preferían el ruido. En Edimburgo se dispara un cañón desde el castillo a la una en punto desde 1861, y todavía se hace, salvo los domingos y algunos feriados. Un cañón funciona con niebla, a diferencia de una bola, y llega a quienes no están mirando el techo adecuado. Tiene un defecto, que cualquiera que viva en Edimburgo aprende tarde o temprano: el sonido es lento.

A temperatura ambiente, el sonido recorre el aire a unos 343 metros por segundo. Si estás a un kilómetro del castillo, el estruendo llega con tres segundos de retraso; a dos kilómetros, con seis. Para poner en hora un reloj de cocina, no importa. Para determinar la marcha de un cronómetro, es un desastre, a menos que sepas la distancia y la restes.66A unos 20 °C. El sonido es un poco más lento en el aire frío: unos 331 metros por segundo a la temperatura de congelación, así que una tarde de enero el cañonazo llega todavía más tarde. Los ferrocarriles tenían su propio ruido.

The startings and arrivals of the cars are now the epochs in the village day. They go and come with such regularity and precision, and their whistle can be heard so far, that the farmers set their clocks by them, and thus one well-conducted institution regulates a whole country.

Henry David Thoreau, Walden (1854), “Sounds”

Thoreau escribía sobre la línea que pasaba junto al estanque Walden, en Massachusetts. Los agricultores de allí no tenían observatorio; tenían un silbato, que llegaba tarde según la distancia a la que vivieran de las vías. Edimburgo resolvió el mismo problema haciendo ambas cosas: una bola horaria en el Monumento a Nelson, en Calton Hill, visible para los barcos del estuario de Forth, y el cañón para todos los demás.

Una bola se ve, no se oye. Desde la otra orilla del río, en Greenwich, la luz tarda millonésimas de segundo en llegar: un retraso que ningún marinero podría haber medido. Eso quería decir con «honesta». La bola no tiene nada que corregir. Quien la ve empezar a caer la ve en el mismo instante que los demás, esté donde esté, siempre que alcance a verla.

La bola tiene sus propios defectos. No se ve de noche, con niebla ni bajo una lluvia intensa, y no se iza en días de mucho viento, porque una bola que sube y baja por un mástil durante un vendaval pone en peligro el mástil y a las personas que están debajo. Un cañón puede dispararse con cualquier clima. Hay que confiar en una bola, y quizá por eso quedan tan pocas.

Cables

El telégrafo cambió lo que era una bola horaria. Hasta alrededor de 1850, una bola solo podía anunciar la hora del reloj que tenía al lado. Con un cable, podía anunciar la hora de un reloj muy lejano, y hacerlo sin que nadie en el lugar tuviera que saber qué hora era.

El mejor ejemplo está en Deal, en la costa de Kent, donde los barcos esperaban en The Downs, las aguas protegidas entre la costa y los bancos de arena de Goodwin, a que un viento los llevara hacia el canal de la Mancha. En 1855, instalaron una bola horaria en una antigua torre de señales del Almirantazgo junto al mar. Desde entonces, caía a la una cuando llegaba una señal eléctrica desde Greenwich, a unos cien kilómetros. El encargado de Deal la izaba a las cinco para la una y a las dos para la una, igual que en Greenwich, y luego esperaba a que el cable la soltara.77La línea no siempre era confiable: algunos días la señal llegaba demasiado débil para soltar la bola, o no llegaba en absoluto. Durante años, el cable pasó bajo tierra sin el aislamiento adecuado, y cerca del mar eso es buscarse problemas. Funcionó, con algunas interrupciones, hasta 1927.

Los ferrocarriles ya habían descubierto que era más fácil funcionar con una sola hora que con muchas. Desde noviembre de 1840, el Great Western Railway mantuvo la hora de Londres en toda su línea, y en 1847 la Cámara de Compensación Ferroviaria recomendó que todas sus empresas miembros hicieran lo mismo. Durante un tiempo, Gran Bretaña tuvo dos horas a la vez: la del ferrocarril y la que el sol daba a cada ciudad. El reloj de la bolsa, en Corn Street, Bristol, todavía tiene dos minuteros separados por unos diez minutos: uno marca la hora de Bristol y el otro la de Londres. La hora de Greenwich no se convirtió en la hora legal de Gran Bretaña hasta 1880.

There was even railway time observed in clocks, as if the sun itself had given in.

Charles Dickens, Dombey and Son (1848), chapter 15

Dickens escribió aquello como una queja sobre un barrio de Londres destrozado por la construcción de un ferrocarril. Leído hoy, describe bastante bien lo que habían hecho la bola horaria y su cable: el sol no se había rendido, pero un reloj en un edificio sobre una colina lo había dejado sin autoridad.

Para qué sirve ahora una bola

La radio volvió innecesaria la bola horaria. Desde 1924, la BBC transmitía seis pitidos cortos antes de cada hora, y un barco podía oír la hora de Greenwich en cualquier lugar donde recibiera la señal: con niebla, de noche, sin un mástil a la vista. Los cronómetros se calibraban por radio, luego por satélite, y ahora la mayor parte del mundo toma la hora de relojes atómicos sin pensarlo, como parte del teléfono con el que filmaba la bola.

Y, sin embargo, las bolas siguen cayendo. En Lyttelton, el puerto de Christchurch, en Nueva Zelanda, una estación de bola horaria construida en 1876 sufrió daños en los terremotos de 2010 y 2011, y su torre se derrumbó en una réplica sísmica ese junio. La reconstruyeron y volvió a abrir en noviembre de 2018.88No he estado en Lyttelton. Lo que sé del lugar lo he aprendido por fotos de la torre reconstruida, que, como suele pasar con las cosas reconstruidas, parece tener un poco más de confianza en sí misma que la antigua. Nadie en Lyttelton necesitaba usarla para poner en hora un cronómetro. Aun así, la reconstruyeron, como quien repara un reloj que perteneció a su abuela: no porque necesite saber la hora, sino porque ese reloj siempre se la dio.

La bola horaria más famosa del mundo no da la hora en absoluto. Desde la última noche de 1907, una bola desciende por un poste en Times Square, Nueva York, para marcar el comienzo del año nuevo. Es una bola horaria puesta al revés: baja lentamente durante un minuto y llega a la medianoche, en vez de quedarse arriba y partir a la una. Pero la gramática es la misma. Todos miran una sola cosa, en un mismo instante, y se ponen de acuerdo.

Cinco minutos de advertencia

Me quedé en el patio después de la caída. Casi todos se fueron de inmediato, como al terminar un espectáculo de fuegos artificiales. La bola quedó en la base del mástil, y un hombre cerca de mí comparó su reloj con ella y luego, creo, con su teléfono. Asintió para sí, como si ambos hubieran pasado la prueba.

Lo que da la bola no es realmente la hora. Cualquiera en ese patio llevaba en el bolsillo la hora con precisión de milisegundos. Da algo más escaso: cinco minutos durante los cuales un grupo de desconocidos acepta mirar lo mismo, y luego un instante que es exactamente igual para todos. La advertencia importa más que la caída. Es más probable que alcances a captar una señal para la que tienes que prepararte.

He empezado a llevar mi propia versión en pequeño. A las cinco para la una de un día laborable, dejo de escribir; a la una, vuelvo a empezar. No me hace más puntual. Hace que el día tenga un centro, algo que la mayoría de los relojes no consigue.

Notas

  1. Los horarios son los que el Observatorio Real da a sus visitantes. La bola horaria funciona con el tiempo medio de Greenwich en invierno y con el horario de verano británico en verano; así que en verano cae al mediodía según el sol, más o menos. ↩

  2. Mira la parte superior del mástil, no la de abajo. Para cuando cae la bola, el momento que anunciaba ya pasó. ↩

  3. Un navegante nunca ponía el cronómetro en hora de nuevo. Anotaba cuánto se adelantaba o atrasaba (su error) y cuánto cambiaba eso cada día (su marcha), y aplicaba ambas cosas en sus cálculos. Abrir la caja para mover las manecillas habría hecho más daño que cualquier desajuste. ↩

  4. La Tierra gira 360 grados en 24 horas, lo que equivale a 15 segundos de arco por cada segundo de tiempo. Un minuto de arco de latitud es una milla náutica, así que 15 segundos de arco equivalen a un cuarto de milla. Lejos del ecuador, las líneas de longitud se acercan entre sí y el error se reduce con ellas. ↩

  5. La bola de Washington caía al mediodía, hora local, desde 1845. Los barcos en los puertos estadounidenses tenían el mismo problema que los del Támesis; simplemente lo resolvieron con otra hora para almorzar. ↩

  6. A unos 20 °C. El sonido es un poco más lento en el aire frío: unos 331 metros por segundo a la temperatura de congelación, así que una tarde de enero el cañonazo llega todavía más tarde. ↩

  7. La línea no siempre era confiable: algunos días la señal llegaba demasiado débil para soltar la bola, o no llegaba en absoluto. Durante años, el cable pasó bajo tierra sin el aislamiento adecuado, y cerca del mar eso es buscarse problemas. ↩

  8. No he estado en Lyttelton. Lo que sé del lugar lo he aprendido por fotos de la torre reconstruida, que, como suele pasar con las cosas reconstruidas, parece tener un poco más de confianza en sí misma que la antigua. ↩

Citar este ensayo

Ilse Marrow. “La bola que cae a la una”. Tidetable, 4 de noviembre de 2026. https://journal.folionine.com/es-419/essays/the-ball-that-falls-at-one/

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